Exposición Estéticos Integrados
30.04.2025
En Estéticos Integrados, la exposición con la que Damián Pozo cierra su paso por el ISA, no hay espacio para la indiferencia. Desde el primer vistazo, uno percibe que algo se está diciendo fuerte y claro, aunque con una sonrisa torcida. La muestra es una especie de carnaval estético donde el Pop Art, los íconos religiosos y la cultura kitsch se dan la mano… sin pedirle permiso a nadie.
Lo interesante es que Damián no busca suavizar el choque entre estos mundos. Al contrario: los junta como quien sabe que de la fricción también nace el fuego. Como sugiere el título, esta propuesta no intenta borrar las tensiones, sino mostrarlas, incluso hacerlas tronar. Lo ornamental se vuelve aquí una forma de hablar de política, y lo aparentemente banal —flores, perritos, vírgenes— se transforma en materia seria, en pregunta.




La exposición, presentada en La Nave de Genesis Galerías de Arte, se articula como un tarot muy personal. Cada obra es como una carta que revela algo íntimo, algo simbólico: La Flor, La Religión, El Icono Pop, La Abstracción… En muchas de estas piezas, los personajes en blanco y negro se recortan contra fondos intensamente coloridos, como si quisieran decir: “Mírame, pero no te conformes con lo que ves”. Y eso, justamente, es lo que logra Damián: hace que lo superficial no sea sinónimo de vacío.
Es inevitable pensar en Jeff Koons —y no por casualidad aparece citado en el texto de sala. Su Puppy parece resonar en los perritos blancos que Pozo dispersa por el suelo. Pero mientras Koons eleva su obra al pedestal del espectáculo, Pozo baja a sus canes al nivel del polvo, los deja vagar como fragmentos emocionales de un mundo saturado de imágenes. No hay épica en esos perritos. Lo que hay es ternura y también cierta tristeza. Como si fuesen los restos dulces de un naufragio doméstico.







Y sin embargo, a diferencia del vaciamiento irónico de Koons, Pozo quiere llenar su obra de sentido. Esa es una de sus apuestas más valientes: usar el kitsch no como escapismo, sino como un lenguaje cargado de capas. Aquí lo cursi no es chiste fácil. Es símbolo, es crítica, es espejo. El tarot, el destino, los rituales populares: todo eso está ahí para recordarnos que la belleza a veces se disfraza de exceso.
Ahora bien, no todo funciona con la misma intensidad. En algunos momentos, la acumulación de signos —flores, textos, vírgenes, colores chillones— parece querer decir demasiado a la vez. Y claro, cuando todo habla al mismo volumen, cuesta escuchar. El video tutorial, por ejemplo, aunque ingenioso, se siente más como un guiño a lo trendy que como una necesidad interna de la obra.
A nivel museográfico, la experiencia es inmersiva. El montaje está pensado para envolvernos, para que no miremos desde fuera, sino desde dentro. Pero quizá hubiese sido útil un poco más de aire, un respiro visual entre tanta saturación. Porque sí, el kitsch es exuberante, pero hasta lo exuberante necesita una pausa.



Lo más valioso de Estéticos Integrados es, quizás, esa honestidad desde la cual Damián construye su lenguaje. No copia. No adula. No teme mezclar lo culto con lo popular, ni mostrar su fascinación por lo sentimental. No todo está pulido, claro. A veces la voz se enreda entre tanto símbolo. Pero se siente genuina. Y en estos tiempos, eso ya es muchísimo.
Este no es un cierre, sino una apertura. Un primer manifiesto, entre lo pop y lo espiritual, entre lo lúdico y lo incómodo. Damián Pozo tiene algo que decir. Y aunque a veces lo diga con purpurina y perritos blancos, hay verdad en su juego. Hay fuego en su artificio.

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