De Allá: Entelequia, Diana Fonseca

Exposición Entelequia

Diana Fonseca

10.09.2026

Galería Max Estrella (Madrid)

Vuelvo dos veces al muro de los relojes de Diana Fonseca porque tardo en admitir por qué me quedo tanto rato delante, y son veinte esferas colgadas en cuadrícula, cada una mordida en un punto distinto -a esta le falta la cuña que va del cuatro al seis, a aquella el arco donde debería leerse el nueve-, todas con las agujas dando vueltas sobre el vacío como si el trozo que se llevaron no hiciera ninguna falta, y cualquiera que se haya ido de un país entiende enseguida la cuenta que ahí se está haciendo, porque lo difícil de irse no es el día de la salida, es descubrir años después que uno sigue midiendo las horas con un aparato al que le sacaron un pedazo y que, contra toda lógica, no se ha detenido.

Lo que no acompaña es la pared, y aquí empieza mi reproche a la galería, porque encima de esa cuadrícula Max Estrella ha dejado más de dos metros de yeso blanco sin nada, con lo cual la pieza queda flotando abajo, empequeñecida, tratada como una lámina en un muro que le duplica la altura, y los focos cruzados terminan de estropearlo al multiplicar las sombras de cada reloj hasta dibujar una segunda cuadrícula fantasma, cuando estos objetos piden sequedad, luz plana y nada más.

La nota de sala explica el título por Aristóteles, entelequia como tener el fin en sí mismo, la fuerza que empuja a una cosa hacia su perfección, aunque el Diccionario de la lengua española coloca antes otra acepción bastante más seca, cosa irreal, y esa es la que oye cualquier hispanohablante en la calle y la que le sienta mejor a una sala llena de relojes mutilados, fósforos consumidos, hierro oxidado, cascotes de fachada y ramas secas, porque ninguno de estos objetos alcanzó su fin y todos lo perdieron por el camino, que es también, con perdón por lo evidente, la biografía de casi cualquier proyecto de vida interrumpido por una salida del país.

El tiempo ocupa tres obras de la muestra y las tres dicen lo mismo desde lugares distintos, con los relojes por un lado, con una estantería circular donde Diana reunió doscientos cincuenta libros cuyos títulos llevan la palabra tiempo alrededor de un centro vacío, acumulación que roza la comedia porque doscientos cincuenta volúmenes rodean algo que ninguno logra nombrar, y con tres despertadores de mesa a los que les rehizo las esferas de manera que los números se reordenan en cordilleras, hileras de pinos y un oleaje de rayitas, el reloj convertido en territorio, que es la manera más económica que conozco de decir que a quien vive lejos el tiempo se le ha vuelto distancia y la distancia se le mide en años y no en kilómetros; la pena es que la galería subió demasiado la peana de los despertadores y obliga a mirarlos desde arriba, cuando esas esferas están pensadas para leerse de frente, con los focos derramando además unas manchas de luz sobre la pared del fondo que se ven a simple vista.

Del país que dejó, Diana no hace imagen, hace acopio, y ahí están las dos piezas que sostienen la exposición entera, porque en los vanos de la sala central ha empotrado los fragmentos de pintura arrancados de fachadas habaneras que lleva años recogiendo, de modo que hay pared cubana metida dentro de pared madrileña y el deterioro no se representa, se trae, y en la última sala el océano que la separa de casa está pintado sobre decenas de cajas de fósforos, con el dorado de los envases asomando entre las crestas hasta funcionar como luz sobre el agua y las marcas todavía legibles debajo del azul, fósforos de madera, Svalan, esa tipografía humilde de estanco que sobrevive al mar que la cubre. Nadie que haya cruzado ese océano lo piensa como paisaje: es la cosa que separa, y aquí está hecha con el material más pequeño e inflamable que había en casa, cada caja conservando su identidad de caja mientras compone la ola.

Al lado, la misma materia vuelve en una pieza de fósforos intactos y quemados que ilustra el antes y el después de la combustión con dos círculos, y esa insistencia didáctica le quita a la sala parte de lo que el mar había ganado sin explicarse, porque lo que en la pintura sobre cajas ocurre despacio, aquí queda resuelto de un vistazo.

La libertad y la culpa cierran el recorrido y forman el par más biográfico de la muestra, con una línea de candados que atraviesa el muro y de la que sale vegetación, salvo que hay que acercarse para ver lo que de verdad pasa, que los arcos están abiertos, sacados de su alojamiento, y que lo que asoma por el hueco son ramitas y flores completamente secas, con lo cual nadie está creciendo desde ningún cierre y lo que queda es el resto de algo que creció antes, se secó y se quedó ahí, imagen durísima de una libertad que llegó tarde; enfrente, las cadenas de hierro recorren la pared, caen al suelo y terminan en un grillete, y el título desplaza el asunto de la cárcel hacia el equipaje, esa culpa privada del que se fue y dejó gente detrás, que no se parece en nada a la represión y pesa igual. La galería vuelve a fallarle a los candados con la misma iluminación cruzada, que dibuja sobre el yeso una segunda vegetación de sombras más frondosa que la real y desmiente justo lo que la obra dice, y con una rejilla de climatización que queda encima de la pieza y acaba metiéndose en la mirada sin que uno la llame.

Conviene saber, además, que la exposición es en parte recapitulación, porque incluye un vídeo de 2015 y una serie de dibujos enmarcados de 2023 que ya estuvieron aquí en la primera individual de la artista en la casa, y porque la propia galería admite haberla presentado antes en La Térmica de Málaga, de manera que lo que allí era programa público aquí es inventario a la venta; a lo cual se añade un detalle impreso en la hoja que repartían la noche de la inauguración y que sigue dándome vueltas, y es que tanto la instalación de relojes como la estantería de libros salen en edición de tres más prueba de artista, o sea que veinte esferas a las que se arrancó a cada una un fragmento irrepetible pueden existir por triplicado, práctica del todo corriente en instalación y que sin embargo choca con el argumento de unos objetos cuya razón de ser es haber perdido algo que no vuelve.

Lo que peor soporto es el texto de sala, que resuelve los símbolos antes de que el visitante los vea y los remata con vocabulario de autoayuda, estar en la verdad, estar en paz, la forma más pura de autorrealización, cuando lo que hay en la sala es mucho menos consolador y bastante más interesante, obra de alguien que no está en paz y que ha encontrado la manera de decirlo sin quejarse ni una vez, y a la que no le hace ningún favor que la presenten como un viaje de perfeccionamiento personal.

Cuando la muestra se desmonte, los cascotes de fachada volverán a una caja y el vano recuperará su condición de hueco de pared, mientras los edificios de los que salieron esos pedazos siguen cayéndose solos en La Habana sin que nadie los registre, así que a Diana Fonseca no va a faltarle materia prima, y esa es la parte de su trabajo que no consigo celebrar del todo.

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