De Allá: La luciérnaga y la serpiente
28.02.2025
Fernando Rodríguez
Espacio Copiloto, Carabanchel, Madrid
«La luciérnaga brilla sin pretenderlo. Su luz no es elección, es condena. La serpiente no necesita verla: la intuye, la acecha, la engulle. Entre ambas, la historia se resuelve en el filo del sigilo y la fatalidad.»
Francisco de la Cal, heterónimo de Fernando Rodríguez, pronunciaría este juicio como quien arrastra una certeza gastada, una verdad dicha tantas veces que ya ni siquiera pesa. La luciérnaga y la serpiente, título de su exposición en el Espacio Copiloto, no es una metáfora inocente. ¿Qué lugar ocupa la luz cuando la oscuridad ha sido diseñada para ser eterna? ¿Cuántos cuerpos se necesitan para sostener un sistema que solo sobrevive con el desgaste de sus propios hijos? ¿Cuántos han aprendido a moverse en la penumbra con la naturalidad del que ya no espera el amanecer?
Fernando y Francisco diseccionan el artificio de un orden que no se impone con estruendo, sino con el peso sordo de la repetición. Nada en su obra es gratuito: cada pieza es un inventario de las formas en que la historia fabrica sus márgenes, suprimidos con la frialdad de una cifra o barridos como residuos de lo que alguna vez tuvo nombre. En este juego de geometrías asfixiantes, la opresión se enuncia en voz baja, sin aspavientos ni grandilocuencias, como quien enumera un protocolo que ya nadie discute.

El ábaco. ¿Es una herramienta o una sentencia? ¿Acaso la contabilidad del poder se reduce a eso: sumar, restar, mover cuerpos de un lado a otro hasta hacerlos encajar en la ecuación que justifica todo? La repetición como doctrina. El conteo como forma de borrado. Aquí no hay nombres, solo unidades de cálculo, cabezas miniaturizadas que avanzan dentro de un marco fijo. ¿Quién decide quién sube y quién baja? ¿Quién fija los límites del movimiento? ¿Hasta dónde puede desplazarse un hombre antes de comprender que solo se está moviendo en círculos?


Un poco más allá, la ventana. No una, sino dos plataformas, dos grupos separados. ¿Qué divide a unos de otros? ¿El acceso a la salida o la capacidad de resignarse a quedarse? La distancia aquí no es geográfica, es ideológica. Al otro lado de esta frontera no hay libertad, solo otro tipo de cautiverio. ¿Es posible cruzar sin cargar la condena de lo que se deja atrás? ¿Es posible quedarse sin asumir la lenta erosión del que se sabe atrapado?
El recogedor es una imagen brutal por su transparencia. Un gesto doméstico convertido en una mecánica del olvido. No se extermina lo que estorba, se barre. Se deposita fuera del cuadro, lejos de la mirada, donde la memoria se vuelve imprecisa. ¿Cómo se vive sabiendo que se es descartable? ¿Cómo se resiste cuando la resistencia misma se ha convertido en un mal necesario para el sistema?


Más allá de la exclusión, Fernando nos habla de la violencia como espectáculo. En el bastón horizontal, dos figuras iguales se enfrentan con bastones como palos. La violencia no viene de arriba, sino de adentro. ¿Cuántas veces ha sido más fácil hacer del otro el enemigo antes que cuestionar el orden que obliga al enfrentamiento? ¿Cuánto de esta ira es propia y cuánto ha sido diseñada para mantener intacto el equilibrio de los de siempre?
La cuerda colgante con pequeños cuerpos suspendidos es el corolario lógico de esta lógica del desgaste. No es una escena de horror, es una advertencia. Aquí no hay muertos, solo ejemplos. ¿Cuántos han visto esto antes? ¿Cuántos han entendido el mensaje sin necesidad de que se les explique?




En la vitrina rota, los bastones de ciegos han perdido su función. Ya no orientan, solo crean un caos de líneas truncadas. ¿Qué significa estar ciego cuando la ceguera es una estrategia de supervivencia? ¿Acaso no es más fácil moverse sin ver, sin preguntar, sin esperar respuestas? Aquí la ceguera no es un accidente, es una pedagogía. Se aprende a ignorar lo evidente, a olvidar lo necesario, a seguir adelante sin mirar el desastre que se acumula en los bordes.

Pero en medio de este diseño quirúrgico del control, la trenza aparece como un vestigio de lo que se resiste a ser borrado. Un ovillo de cabello atrapado en una estructura imposible de desatar. ¿Qué es la memoria sino un enredo de historias que se niegan a desaparecer? ¿Cuántos cuerpos han sido olvidados, pero no lo suficiente? ¿Cuántas veces ha intentado el poder limpiar sus huellas sin éxito? La historia se repite, pero los rastros persisten.




No hay concesiones en La luciérnaga y la serpiente. No hay promesas de redención. Ambos, Fernando y Francisco, nos muestra un orden que se ha vuelto infalible en su propio desgaste, una maquinaria que sigue funcionando precisamente porque nunca deja de consumir a los suyos. Pero incluso en esta ecuación cerrada, quedan preguntas abiertas. ¿Qué pasa con la luciérnaga cuando la serpiente duerme? ¿Dónde se esconde la luz cuando la oscuridad parece total? ¿Cuánto tiempo puede un sistema seguir sumando cuerpos antes de que la ecuación deje de cuadrar?

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