Exposición (Des)Arraigos
21.02.2025
Museo Nacional de Bellas Artes
Desde hace algunos años, el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba ha consolidado una estrategia curatorial que, sin renunciar a sus líneas patrimoniales y de documentación histórica, pretende reescribir las narrativas del arte cubano desde un prisma contemporáneo. En ese esfuerzo se inscribe la exposición «Hugo Consuegra: (des)Arraigos», una revisión que busca posicionar a su protagonista no solo como un actor clave de la modernidad insular, sino también como un testimonio pictórico de los conflictos generacionales y sociopolíticos que marcaron la plástica cubana de la segunda mitad del siglo XX.

La curadora Yahíma Marina Rodríguez Pupo estructura un relato expositivo que se aleja de la simple cronología y opta por una curaduría interpretativa, aquella que no solo ordena obras en un espacio, sino que las carga de significados dialécticos, problemáticos e, incluso, confrontativos. Con ello, consigue situar la obra de Consuegra en un territorio de tensión entre la autonomía del arte y su condición de documento histórico, entre la introspección del exiliado y la polémica sobre su pertenencia simbólica al contexto artístico de la isla.
Desde el título de la exposición, la idea de «(des)arraigo» funciona como un eje vertebrador que se despliega en distintas dimensiones. Por un lado, la muestra enfatiza el conflicto entre una pertenencia formal al canon modernista cubano y la dislocación física y emocional de Consuegra, quien abandona el país en la década del 60. Por otro, la selección de obras nos conduce por un itinerario donde se manifiestan los cambios de lenguaje del artista: desde las primeras incursiones en la abstracción informalista hasta su breve regreso a la figuración en los años 60, cuando su obra se carga de signos que evidencian una crisis personal y política.




Es en este último punto donde la curaduría cobra especial relevancia. Mientras que otras revisiones históricas sobre Los Once y la modernidad cubana han tendido a priorizar el vínculo de estos artistas con las vanguardias internacionales, esta exposición enfatiza el papel de Consuegra como un creador que, aun dentro de los códigos del informalismo, mantuvo una obsesiva preocupación por el sentido y la carga semántica de su obra. No es casual que el texto curatorial se detenga en los títulos de sus piezas, cuya aparente contradicción con el lenguaje no representacional fue criticada por algunos especialistas de su tiempo. En este sentido, la curadora reconstruye un Consuegra que se niega a ser reducido a la pura materialidad pictórica y que insiste en dotar a su obra de una carga existencial y narrativa.
Este ejercicio curatorial no solo rescata una lectura más compleja del artista, sino que también cuestiona la historiografía del arte cubano, particularmente en lo que concierne a la década del 50. Si bien la vanguardia de los años 20 y 30 y el arte posterior a 1959 han sido ampliamente documentados, el periodo que antecede a la Revolución ha padecido un desigual nivel de atención. La exposición revierte esta omisión al evidenciar que la modernidad plástica cubana no puede comprenderse sin considerar la encrucijada de discursos que convivieron en aquel momento.





Un aspecto clave de la muestra es la selección de piezas pertenecientes a la colección institucional del Museo Nacional de Bellas Artes, en su mayoría realizadas entre 1951 y 1966. A través de estas, se hace visible el proceso de consolidación de un lenguaje pictórico que, desde la autonomía formal, no deja de remitir a una narrativa de crisis. Obras como «Desarraigo» (1961), «El asedio» (1961) o «La soledad» (1962) revelan una composición fracturada que puede leerse como un correlato de la inestabilidad del sujeto. En contraste, piezas de su breve incursión figurativa como «Gloria in excelsis IBM» evidencian un sentido de parodia y desacuerdo con la realidad sociopolítica de la Isla. Esta transición dentro de su obra es puesta en diálogo por la curadora, logrando construir una visión integradora que evita los reduccionismos estéticos o ideológicos.
A nivel museográfico, la disposición de las obras contribuye a enfatizar esta evolución. En lugar de una presentación lineal, la exposición opta por una distribución que sugiere tensiones y correspondencias. Las obras de los años 50 conviven con sus producciones posteriores en un diálogo que refuerza la idea de que el «desarraigo» de Consuegra no es solo geográfico, sino también formal. Esta estrategia permite al espectador no solo recorrer su trayectoria, sino también establecer conexiones que trascienden lo estrictamente cronológico.




El texto curatorial de esta joven pero ya experimentada curadora de arte cubano, también se aleja del lenguaje impersonal y documental. En cambio, adopta un tono que combina la erudición con una sensibilidad casi narrativa, logrando transmitir la complejidad de Consuegra sin perder de vista la dimensión emocional de su obra. En particular, la inclusión de la cita final «Rita quisiera mudarse…» no solo refuerza el concepto de la exposición, sino que también aporta un cierre poético que conecta la experiencia del artista con una sensación universal de desplazamiento y búsqueda.
En definitiva, «Hugo Consuegra: (des)Arraigos» no es solo una exposición retrospectiva, sino un ejercicio crítico de reconstrucción y relectura. La labor curatorial de Yahíma Marina Rodríguez Pupo no se limita a rescatar a un artista ya consagrado, sino que ofrece nuevas claves de interpretación que lo inscriben dentro de debates más amplios sobre la memoria, la identidad y la legitimación histórica del arte cubano. En este sentido, la muestra no solo devuelve a Consuegra al panteón del arte cubano, sino que también interpela las formas en que la institución museal construye sus relatos y define sus exclusiones. Con ello, reafirma la curaduría no como un ejercicio de organización visual, sino como un acto de reescritura de la historia.

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