Modern & Contemporary Cuban Art Online (Bonhams, Nueva York, febrero de 2026)

Hay subastas que se leen como una lista; y otras —las menos— que se leen como un estado de ánimo del mercado. Este tramo (lotes 201–287) pertenece a la segunda categoría: una venta donde el coleccionista no llegó “a celebrar”, sino a medir, y donde los passed hablan con la misma elocuencia que los martillos altos. La sensación dominante no fue la de un mercado en retirada, sino la de un mercado que aprendió a decir no con soltura y a decir sí solo cuando la obra lo obliga.

Ese “sí” tuvo un vértice muy claro. Roberto Fabelo, Oración doméstica (lote 217) cerró en US$114,800 y, más que coronar la tabla, fijó el tono: cuando la pieza está alineada —materialidad singular, escala, iconografía reconocible— el arte cubano contemporáneo todavía puede activar tickets de seis cifras en online. El dato es más fuerte si se mira con su segunda adjudicación: Pequeño teatro (lote 215) en US$38,400. En conjunto, Fabelo sumó US$153,200 en el tramo: no es solo un lote estrella; es capacidad repetible de colocar obra y de concentrar deseo.

A partir de ese techo, la venta construyó su cuerpo en una meseta de nombres históricos que siguen funcionando como anclas —pero con filtro. Cundo Bermúdez colocó dos lotes de manera sólida (lotes 255 y 256) en US$46,080 cada uno, confirmando su liquidez en pintura cuando la selección acompaña. Sin embargo, el mercado no “rescató” todo: su escultura Geyser (lote 223) quedó sin vender. El contraste es pedagógico y muy de 2026: incluso para un apellido canónico, el comprador jerarquiza por medio, por logística y por reventa; la pintura cierra mejor, el objeto grande se vuelve más exigente.

Mariano Rodríguez fijó un precio de US$38,400 para El pecado original (lote 249). Eduardo M. Abela vendió Niño con melón (lote 261) por US$35,840. Estos precios no necesitan ser grandiosos. Reflejan una confianza selectiva. Esta no se basa en comportamientos automáticos. Para entender el verdadero “centro” de la subasta, basta observar a Víctor Manuel. Sus dos transacciones alcanzaron US$12,800 (lotes 246 y 247). Esto representa una compra segura. Es el tipo de operación que revitaliza un remate. Esto sucede cuando el mercado prefiere mantenerse en la franja media.

René Portocarrero es el mejor ejemplo de la frase “la obra concreta manda”. Santa Bárbara (lote 224) se vendió en US$23,040. Máscaras (lote 229) y Figura en el campo (lote 245) quedaron PASSED. Esto no es un rechazo del artista. Es una jerarquización interna. El mercado está dispuesto a pagar por Portocarrero cuando la pieza se percibe como “central”. Se aparta cuando siente periferia, tensión de estimación o menor deseo. Esa dualidad, un sí y un no dentro del mismo nombre, convierte este tramo en radiografía.

La posguerra mostró una consistencia poco frecuente. El comprador respondió con claridad cuando la obra activó ritual, cuerpo e historia. Manuel Mendive (lote 226) llegó a US$35,840. José Bedia (lote 227) cerró en US$28,160. Ángel Acosta León (lote 241) alcanzó US$23,040. Umberto Peña (lote 236) se adjudicó en US$21,760. En la franja media, Servando Cabrera Moreno (lote 232) marcó US$15,360. Belkis Ayón (lote 213) repitió el mismo precio: US$15,360. Juan Francisco Elso (lote 221) quedó en US$12,800. No hubo fuegos de artificio ni récords. Sí hubo un patrón estable. La carga simbólica sostuvo una ventaja frente a obras más decorativas o menos singulares. Pedro Pablo Oliva, La pescadora y el silencio (lote 258), alcanzó US$33,280. Sin embargo, Morboso Juguete Chino (lote 265) no encontró comprador. Esa fricción sintetiza la paradoja del objeto: no se descarta por sistema, pero solo se valida cuando resulta incontestable —icónico, resuelto, claramente deseable— y, por tanto, capaz de sostener un precio alto sin explicaciones

La abstracción y la geometría volvieron a dibujar la misma pauta. Existe recuperación. No es homogénea. Loló Soldevilla (lote 203) alcanzó US$14,080. Pedro de Oraá, Círculos concretos (lote 202), se adjudicó en US$10,880. Antonio Vidal colocó dos lotes: US$7,040 (lote 209) y US$12,800 (lote 211). Hugo Consuegra (lote 210) cerró en US$5,120. El mensaje es nítido: el mercado sí compra modernidad abstracta. No compra el relato completo. Premia obras puntuales y ordena a los artistas en jerarquías internas, con una frialdad muy propia del secundario.

En el contemporáneo, la venta funcionó como una mesa de comparación constante. Dagoberto Rodríguez vendió Tubastraea de Lego I (lote 267) en US$20,480, exactamente el mismo nivel que Néstor Arenas, Goku-Structure (lote 280), también en US$20,480. Dos adjudicaciones que confirman que el comprador sí asume tickets medios-altos cuando la imagen es fuerte y la narrativa puede circular fuera del marco insular. Más cerca del centro, Consuelo Castañeda (lote 266) se adjudicó en US$19,200 y Christian Santy (lote 244) en US$16,640. En la cola baja, pero dentro del mismo régimen comparativo, quedaron Adonis Flores, Centinela (lote 285), en US$9,600, y Glexis Novoa, Hemingway (lote 283), en US$6,400.

Y entonces llega el giro más revelador del tramo, no por récord, sino por umbral. Yasiel Elizagaray, Deseando Volver (lote 260), se adjudicó en US$14,080 y lo hizo con una estimación de entrada moderada (aprox. US$5,000–7,000). Eso significa algo muy concreto: el precio final quedó por encima del doble del techo estimado, una señal de que el mercado no actuó en modo “prueba” sino en modo disputa. En subasta, el salto sobre estimación rara vez es accidente: suele implicar más de un comprador convencido, y esa convicción vale más que la cifra en sí misma porque convierte a la obra en un episodio de price discovery público. Elizagaray entra así al secundario con un primer anclaje verificable, algo que reordena inmediatamente el campo de conversación alrededor del artista: coleccionistas, galerías y consignadores ya no negocian en abstracto; negocian contra un precio visible.

YASIEL ELIZAGARAY (B. 1987)
Deseando Volver (from the series Ánimas)
signed ‘Elizagaray’ (lower right)
oil on canvas
47 x 47 1/4 in (119.5 x 120 cm)
Painted in 2023
Sold for US$14,080 inc. premium

Lo interesante es qué compra el comprador cuando compra una “entrada” de este tipo. No compra solo una imagen; compra una posibilidad de trayectoria. Elizagaray aparece como un nombre todavía en construcción dentro del circuito de subastas, y precisamente por eso su primer resultado importa como termómetro: indica que existe un segmento de demanda dispuesto a asumir el riesgo de lo nuevo siempre que la obra llegue con potencia visual, resolución técnica y una narrativa que no dependa exclusivamente del contexto local. Dicho de otro modo: el mercado está aceptando que parte del “contemporáneo cubano” ya no se valida solo por canon o por pertenencia generacional, sino por su capacidad de circular en un régimen de comparación internacional (lenguaje, factura, presencia, legibilidad).

La advertencia, por supuesto, viene pegada al éxito. Un debut fuerte puede convertirse en sobreanclaje si el siguiente lote pretende repetir el precio con una pieza menos intensa, o si el mercado percibe que la oferta se acelera demasiado pronto. El primer resultado abre puertas; no garantiza el pasillo. La segunda y la tercera aparición son las que convierten la entrada en consistencia: si el siguiente Elizagaray sostiene el rango (o lo ajusta con elegancia sin desplomarse), entonces el mercado habrá empezado a construir un “precio de artista” y no solo un “precio de lote”. Pero incluso antes de esa confirmación, la señal ya es nítida: en esta subasta, el secundario cubano mostró algo que no siempre concede en ventas monográficas: capacidad de apostar, siempre que el riesgo esté bien calibrado y la obra sea, de verdad, la que empuja al comprador a competir.

En la franja media-baja de la venta se pudo leer un pequeño corte generacional del arte cubano, ordenado más por líneas de trabajo que por simple cronología. Desde la modernidad y la posguerra temprana (nacidos entre 1910 y 1930), el mercado respondió a la síntesis abstracto-constructiva de Luis Martínez Pedro con Personajes del Cuarto Fambá I (lote 219) en US$19,200, mientras sostuvo una figuración moderna de pulso simbólico en Daniel Serra Badué con Mujer con pajarera (lote 268) en US$10,240; en esa misma constelación histórica, la neofiguración/pop encontró asiento doble con Alfredo Sosabravo y Ligera como el viento (lote 225) en US$16,640, y con Raúl Martínez (Untitled, lote 239) en US$4,096, ya en un rango de acceso. El capítulo de objeto/ensamblaje en la generación mayor quedó marcado por dos pisos equivalentes: Osneldo García (Untitled, lote 242) en US$5,120 y Santiago “Chago” Armando (La cripta de Daly G encordonada en el tiempo…, lote 243) también en US$5,120, como si el mercado fijara ahí un umbral estable para la materialidad híbrida.

En fotografía, la subasta mostró otra escala: Alberto Korda con La niña de la muñeca de palo (lote 275) se adjudicó en US$4,096, y ya en la generación de transición (1940s–1950s) José Alberto Figueroa con Reina Street, Havana (lote 270) cerró en US$2,432, confirmando que el ticket fotográfico se mueve en un régimen propio. En ese bloque intermedio también operó una línea de figuración teatral y máscara con Jesús “Cepp” Selgas, que vendió Mascarade #1 (lote 253) en US$5,888 y Mascarade #3 (lote 254) en US$4,608, y una línea de pintura/dibujo conceptual con Flavio Garciandía (Untitled, lote 233) en US$5,120; por su parte, Leandro Soto (La Fiesta, lote 231W) alcanzó US$7,680, sosteniendo un barroco contemporáneo más próximo a la escena y al signo.

Finalmente, entre los contemporáneos ya consolidados, el tramo dibujó tres registros con perfiles nítidos. Rubén Alpízar sostuvo la pintura narrativa con Untitled (serie The Great Game, lote 212) en US$9,600, en un rango donde la imagen todavía funciona como dispositivo de acceso. Roberto Diago reafirmó la línea más robusta de memoria, raza y materialidad de archivo con Untitled (serie Motivos de Bosque, lote 240) en US$19,200, un precio que lo coloca por encima del “relleno” y lo devuelve al terreno de la tracción comparativa. Y, como puente generacional desde la década del cuarenta, Santiago Rodríguez Salazar añadió otra textura a esta constelación: Paisaje Antillano (lote 251W) se adjudicó en US$10,240, confirmando que su imaginario exuberante también encuentra comprador cuando aparece en un formato convincente. Ya en los emergentes, Raiman Rodríguez Moya marcó Luz de Mantilla (lote 228) en US$6,400, una señal de figuración contemporánea que entra al secundario por la puerta de la imagen, el patrón y la identidad.

En ese clima de selectividad inteligente, la presencia femenina no apareció como cuota, sino como termómetro. Hubo adjudicaciones nítidas. Belkis Ayón marcó US$15,360. Loló Soldevilla alcanzó US$14,080. Consuelo Castañeda se colocó en US$19,200. Tres precios que confirman demanda y, al mismo tiempo, fijan una escala. A ese bloque hay que sumar una venta que matiza el relato: Amelia Peláez sí encontró comprador con una pieza menor, Untitled (lote 214), adjudicada en US$11,520. El contraste, por tanto, no es “Peláez sí / Peláez no”. El contraste es de obra y ambición. Naturaleza muerta (1945, lote 207) quedó PASSED pese a una estimación alta (US$150,000–250,000). Ese buy-in no enmienda a Peláez. Enmienda el contexto. La subasta online, con prima elevada y comprador comparativo, no concede el “trophy” por reverencia. Exige una alineación exacta entre obra, precio y momento. Cuando esa ecuación no cierra, el mercado se retira con serenidad.

Los invendidos funcionaron como el texto paralelo de la sesión: no hablaron de “ausencias”, sino de fricciones. Y lo hicieron con una claridad casi didáctica, porque el passed no se concentró en un solo rango, sino que atravesó todo el espectro de estimaciones. Quedaron fuera piezas de abstracción y óptica con expectativas medias —Ernesto Briel (Proyecto OP ART #2, lote 204, US$8,000–12,000), José Rosabal (Untitled, lote 205, US$8,000–12,000) y, de forma especialmente significativa, Pedro de Oraá (Untitled, lote 206, US$15,000–20,000)— aun cuando el propio Oraá sí había vendido antes en el tramo con Círculos concretos. Pasaron también lotes de modernos con apellido grandeMario Carreño (Frutero, lote 216, US$10,000–15,000; y Mujer con jaula, lote 262, US$10,000–15,000), el dúo Víctor Manuel & José Bencomo Mena (lote 259, US$20,000–30,000) y Ángel Acosta León (Casablanca, lote 248, US$15,000–25,000)—, lo cual sugiere que aquí el mercado no premió la “historia” por inercia: exigió obra núcleo o precio impecable.

En el territorio posguerra y contemporáneo, la pauta se repitió con otros énfasis: Manuel Mendive (Untitled, lote 250, US$10,000–15,000) quedó fuera pese a que otra obra suya sí había funcionado; Mariano Rodríguez (Untitled (Rooster), lote 235, US$6,000–8,000) no se movió pese al buen desempeño de un Mariano fuerte en la sesión; Raúl Martínez falló en dos intentos de mayor expectativa (lotes 252 y 269, US$12,000–18,000 y US$8,000–12,000) aunque el artista sí logró adjudicación en otro tramo; y en fotografía el mercado volvió a dibujar su propia jerarquía, dejando Korda en formato múltiple (Untitled (Two Works), lote 273, US$2,000–3,000) fuera, mientras una imagen individual encontraba mejor encaje.

A esto se sumaron passed que delatan fricción de formato y logística o dificultad de lectura secundaria —Los Carpinteros (Guayabera, lote 264, US$8,000–12,000), Abel Barroso (La Rueda de Fortuna, lote 282W, US$8,000–12,000) y, en el extremo más tenso por estimación, Flavio Garciandía (El Gallo, lote 281, US$18,000–25,000)—, junto con una cadena de lotes de entrada que tampoco “se salvaron” por baratos (Cirenaica Moreira en dos piezas, lotes 271 y 276, US$3,000–5,000; Sandra Ramos, lote 277, US$2,500–3,500; Michel Mirabal, lote 278, US$4,000–6,000; Rocío García, lote 279, US$5,000–7,000; Glexis Novoa, lote 284, US$5,000–7,000; entre otros). En conjunto, el patrón se vuelve reconocible: estimaciones apretadas, penalización práctica del objeto/instalación y ciertas tipologías, y una competencia interna cada vez más feroz por la “obra núcleo”. El comprador ya no compra el nombre como salvoconducto. Compra la pieza que se sostiene sola. Y cuando esa pieza no aparece —o cuando el precio llega adelantado— el mercado simplemente se aparta.

Solo después de recorrer esas historias conviene mirar el dato frío, porque entonces deja de ser número y se vuelve síntoma: 87 lotes listados, 49 adjudicados, US$873,968 realizados (premium incluido). El sell-through quedó en 56.3% (buy-in 43.7%). El promedio (US$17,836) superó a la mediana (US$12,800). La lectura es simple: unos pocos remates empujaron hacia arriba, pero el centro no se desfondó. Hubo circulación donde el mercado hoy decide respirar.

Si hubiera que cerrar esta venta con una frase, sería esta: no fue exuberante; fue elocuente. Confirmó liderazgos cuando la obra fue indiscutible (Fabelo). Sostuvo anclas históricas bajo filtro (Cundo/Mariano/Abela/Víctor Manuel). Mantuvo vigente la densidad simbólica (Mendive/Bedia/Belkis/Elso). Y dejó una señal de futuro sin grandilocuencia: el estreno exitoso de Yasiel Elizagaray como recordatorio de que el mercado cubano todavía puede apostar, siempre que el precio esté bien calibrado. La disciplina quedó intacta. La lupa, también.

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