De Allá: SOLSTICIO
Kmilo Morales
30.10.2025
Lariot Collective / Hangar 113, Madrid
Hay artistas que pintan y hay otros —muy pocos, por cierto— que parecen dedicarse a horadar la superficie misma del mundo. Kmilo Morales pertenece a esa segunda estirpe: no viene a contarnos una historia, ni a ilustrar metáforas visuales, ni a disfrazar de lirismo lo que no deja de ser decoración sofisticada. Kmillo, obstinado y casi obsesivo, viene a insistir en algo que el arte contemporáneo parecía haber olvidado: que el color, cuando se lo asume sin miedo, es todavía una fuerza ontológica, una entidad viva, un lugar donde la materia late.
Solsticio no es, como pudiera creerse, una exposición sobre el azul. Esa sería la lectura más rápida, la más cómoda, la que complacería a quienes reducen el arte monocromo a juego decorativo. Aquí el azul no funciona como color: funciona como territorio. Un territorio emocional, abisal, a ratos gélido, a ratos convulso, siempre incómodo. Este artista no confía en los pigmentos como instrumentos de representación; los usa como mecanismos de pensamiento. Su gesto no describe: penetra, corta, expone, hiere. Y lo hace con una frialdad quirúrgica que desarma…

Hay algo perturbador —casi irrespetuoso— en esos cortes circulares, en esos discos que se abren como párpados o heridas. No están ahí para seducir al espectador; están para recordarnos que la pintura, cuando es honesta, no puede ser complaciente. Son incisiones reales, tajos que atraviesan la superficie como quien marca una piel. La pintura —ese lugar histórico del artificio y la ilusión— se convierte aquí en cuerpo, en un cuerpo que sangra azul. No es casual que el trazo se retenga, se retire, se aplique y se vuelva a aplicar, como si el artista necesitara medir su propia respiración. El tiempo y el gesto son, en este cubano radicado ahora en Madrid, elementos inseparables.
Se habla en el texto curatorial de Yves Klein, de Soulages, de Monet. Y sí, los ecos están ahí, pero Kmilo en mi opinión no es epígono de nadie. Klein radicalizó el azul hasta convertirlo en icono; Kmilo busca someterlo, lo fatiga, lo obliga a revelar sus contradicciones. Soulages exploró la luz desde la densidad del negro; Kmilo convierte el azul en superficie de fricción, en un no-lugar donde lo visible se quiebra. Monet se hundió en la contemplación acuática; Kmilo le añade la violencia del corte, el silencio que asfixia, la pausa incómoda antes del colapso.




Si bien la genealogía cromática está enunciada, el verdadero diálogo que Solsticio establece no es con la historia del arte, sino con la propia fisiología del mirar. Este creador exige que el espectador se mantenga en suspensión, detenido entre la opacidad y la luminiscencia. No hay concesiones narrativas: aquí nada cuenta nada, pero todo significa algo. El espectador no es un testigo pasivo; es una especie de rehén sensorial.
La instalación longitudinal —esa suerte de muro-alfabeto de círculos, golpes, interrupciones— opera como archivo del gesto. No es una serie; es una declinación. Cada círculo es un acontecimiento, un pulso, un instante donde la pintura deja de ser superficie para convertirse en espesor. Él lo sabe: la repetición es un mecanismo de exorcismo. Se repite lo que no se domina. El azul, en su mano, no es color: es obsesión.


Pero conviene advertir algo: Solsticio no es una exposición “bella”. Es, más bien, un ejercicio de extracción. Aquí este joven, le quita a la pintura aquello que la hacía confortable: la ilusión, la complacencia visual, la promesa de armonía. Lo que queda es el hueso —el núcleo duro— donde el espectador debe decidir si contempla o deserta. Algunos se marcharán confundidos; otros sentirán la tentación de aproximarse como quien escucha un rumor bajo el agua. Ahí, exactamente ahí, la pintura se vuelve acto: no representación, sino presencia.
Eso, en los tiempos que corren —tan llenos de imágenes ligeras, tan saturados de efectos sin causa— es casi un gesto político. Kmilo Morales no especula con el azul: lo reivindica. Lo enfrenta. Lo desarma. Lo convierte en un umbral donde la percepción se resquebraja y se recompone. Si el solsticio marca el punto extremo del ciclo solar, Kmilo parece decirnos que la pintura aún tiene bordes por alcanzar, límites que rozar, precipicios que inaugurar.


Quien no esté dispuesto a asumir ese viaje, que se quede fuera. Adentro las paredes no guardan cuadros: guardan un silencio azul que, si uno no se cuida, termina por mirarlo de vuelta.

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