«Life in Mars» o el peso de mirar hacia atrás cuando todo apunta hacia delante

David Delgado Ruiz en PHotoESPAÑA 2025

A veces, las imágenes no solo nos muestran lo que vemos. Nos recuerdan también lo que podríamos haber sido, o lo que tal vez ya no somos. En Life in Mars, la más reciente exposición de David Delgado Ruiz —comisariada por Carlos Delgado Mayordomo en el marco de PHotoESPAÑA 2025—, cada fotografía es como una grieta en el tiempo: un resplandor que atraviesa el presente con la carga melancólica de una era que ya no se sostiene, y la sospecha de un porvenir en el que la Tierra será apenas un relato.

Esta no es una exposición más sobre lo extraterrestre. No hay marcianos ni paisajes de ciencia ficción vacía. Lo que encontramos es algo mucho más inquietante: la posibilidad de que lo familiar —la montaña, el cielo, el cuerpo humano— se vuelva ajeno. Y es que lo que verdaderamente estremece en esta muestra es la sutileza con la que se nos desliza la pregunta: ¿y si el hogar estuviera en otro sitio? ¿Y si ya no lo reconociéramos cuando lo vemos?

El trabajo de David ha transitado por diversas fases, pero hay una constante que lo atraviesa: la obsesión por la imagen como artefacto de verdad ambigua. Ya en sus series anteriores —como Estudios del margen o Archivo difuso—, el artista exploraba las grietas del registro documental, tensionando lo visible y lo ausente, lo real y lo especulativo. En Life in Mars, esa línea de investigación alcanza un grado de madurez envolvente: las imágenes no solo muestran, sino que activan capas de sentido que solo se revelan al ritmo del espectador.

La muestra está dividida —de manera no explícita pero sí semántica— en dos universos visuales. Por un lado, los marcos blancos contienen fotomontajes construidos a partir de fotografías que el artista ha tomado en diversos parajes del planeta. Se trata de lugares aparentemente anodinos: un bosque, una carretera, una loma con nubes. Y sin embargo, ahí, suspendidos sobre esas escenas, aparecen cuerpos celestes: planetas rojos, lunas inmensas, astros que no pertenecen a este cielo. Es una operación sencilla, pero cargada de peso simbólico.

Estas imágenes son alegorías del exilio. No del exilio político, sino de uno más íntimo: el exilio emocional del ser humano contemporáneo respecto a su propio mundo. Lo que aquí se despliega es una poética de la distancia. Las composiciones no buscan una espectacularidad digital, sino un extrañamiento silencioso. Como si se preguntaran: “¿Y si estuviéramos viendo el último recuerdo de la Tierra desde un planeta ajeno?”

La verdad es que hay algo profundamente humano en esta estrategia. Algo que no apunta a la nostalgia, sino al duelo. Porque estas imágenes, en el fondo, son epitafios anticipados. Recogen fragmentos de lo que tal vez ya no estará. Una forma de mirar la Tierra como quien hojea un álbum de infancia, sabiendo que ningún regreso es posible.

Frente a estas escenas emocionales, los marcos negros abren otra puerta: la del artificio. Aquí, el artista se sumerge en la creación de imágenes a través de inteligencia artificial, alimentando algoritmos como DALL·E con su propio archivo fotográfico. El resultado son escenarios imposibles: metrópolis interestelares, astronautas errantes, estructuras de otro mundo que parecen salidas de un futuro paralelo. Y sin embargo, uno no puede evitar sentir que ya ha visto todo eso antes. En un sueño. En un anuncio. En una película. En otra imagen.


Eso es, precisamente, lo inquietante. Estas obras operan como espejos del imaginario colectivo: nos muestran no lo que existe, sino lo que imaginamos que podría existir. Y ahí reside su potencia semiótica. La IA no se usa aquí para asombrar, sino para confrontar. Nos obliga a hacernos preguntas incómodas: ¿quién produce las imágenes que consumimos? ¿Qué parte de nuestras emociones responde a ficciones implantadas? ¿Qué queda de lo real cuando todo es verosímil?

Carlos Delgado Mayordomo, en su certero texto curatorial, plantea que el autor trabaja desde una sospecha crítica hacia el estatuto de verdad de la imagen. Pero va más allá. Porque lo que Life in Mars pone en juego no es solo una crisis de la fotografía como testimonio, sino su posible renacimiento como espacio de especulación sensible. Aquí, las imágenes no son pruebas, son umbrales. Se presentan como lugares donde lo visible y lo imaginable se funden hasta desdibujar sus fronteras.



Esta estrategia recuerda inevitablemente a las ideas de Joan Fontcuberta, quien desde hace décadas insiste en que toda fotografía es una construcción. Fontcuberta desmontó la figura del fotógrafo como testigo y lo reposicionó como autor, editor, incluso ilusionista. En esta muestra, esa lógica alcanza nuevas profundidades: el creador ya no solo manipula la imagen; la diseña desde cero, pero con la memoria visual como insumo.

Además, hay una dimensión ética que no puede pasarse por alto. Porque en tiempos donde la IA amenaza con sustituir la experiencia humana, el gesto de usarla para hablar de lo que aún nos conmueve —el paisaje, la pérdida, la esperanza— es, en sí mismo, un acto de resistencia. No se trata de rendirse al algoritmo, sino de tomarlo como herramienta para seguir preguntando.



La disposición espacial de la exposición refuerza esta narrativa. El visitante no recorre un itinerario lineal, sino un espacio envolvente, donde las imágenes dialogan como constelaciones. Cada obra funciona como nodo, como punto de inflexión en una red de signos que apela tanto a la razón como a la emoción. El silencio que se respira entre pieza y pieza es, en realidad, un componente más de la experiencia: un espacio donde la mente conecta los puntos, donde el cuerpo recuerda que está viendo algo que no puede tocar.

Y entonces ocurre algo curioso. Uno sale de la sala con la extraña sensación de haber estado en dos lugares al mismo tiempo: en la Tierra y en Marte. En el pasado y en el futuro. En lo íntimo y en lo cósmico. Y es que Life in Mars no es solo una exposición sobre el más allá planetario. Es, sobre todo, una meditación sobre el aquí. Sobre lo que somos capaces de imaginar cuando ya no nos basta con mirar.

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