De Allá: Apertura Ruy López, Eduardo Ponjuan

De Allá: Apertura Ruy López

Eduardo Ponjuan

26.02.2026

Galería El Apartamento (Madrid)

Ponjuán llega al tablero del juego del Mercado Arte en Madrid con esta jugada: Apertura Ruy López y lo hace como quien no entra a la sala a colgar obras sino a mover piezas. No viene a pedir turno. Viene a tantear el sistema. La exposición se plantea como un repertorio de aperturas donde cada gesto parece calculado para evidenciar la trastienda del arte contemporáneo. Se siente su economía de signos. Se siente su fetichismo del objeto. Se siente su ansiedad de circulación. Se siente esa manía de convertirlo todo en mercancía amable.

Desde el inicio queda claro que aquí el arte no se disfraza de inocencia. En los grandes lienzos de estética digital los planos geométricos se ordenan con una precisión que recuerda la lógica del software. Los bordes parecen cortados con herramientas de edición y el color respira como una pantalla. La pintura se comporta como interfaz. No hay un gesto romántico de pincel. Hay una visualidad que se sabe hija del mockup, del plugin y del filtro. El mundo se vuelve plantilla y la plantilla se vuelve mundo. En ese desplazamiento Ponjuán no busca simplemente un estilo. Señala el punto exacto en que la imagen contemporánea dejó de ser ventana y se convirtió en superficie de trabajo.


Esa operación se vuelve más punzante cuando aparecen las escenas de ocio. Dos figuras en un jardín prometen armonía. Sin embargo todo está fracturado en polígonos como si la vida cotidiana solo pudiera existir hoy en forma de archivo comprimido. La naturaleza aparece domesticada y hecha de capas. Lo que debería ser intimidad se ofrece como composición y también como escena que ya viene entrenada por la publicidad. La pintura no cuenta una historia en el sentido clásico. Administra una estética y esa administración es política. Habla de cómo lo real se volvió diseñable. Habla de cómo el deseo aprende a mirarse en catálogos.



La jugada que hace ruido aunque la sala esté en silencio se concentra en el muro de bastidores forrados con bolsas del supermercado Día. El gesto es simple y por eso mismo implacable. La compra mínima se vuelve patrón serial. El logotipo acompaña como una cicatriz doméstica. Uno puede pensar en el conceptualismo de la repetición y aun así aquí la repetición no es formalista. Es económica. La serialidad ya no remite a una utopía industrial. Remite a una cultura de supervivencia convertida en estética. El arte no se limita a citar lo cotidiano. Lo absorbe y lo devuelve como mercancía de segunda vuelta.

En el mismo carril aparece el conjunto de calcetines intervenidos. Cuelgan como si fueran ropa común y al mismo tiempo se ofrecen como merchandising. La pieza juega con la idea de democratización cultural. También ejecuta el truco más viejo del mercado. Se promete llevarse un pedacito de arte. Ponjuán no se escandaliza. Hace el gesto y obliga a mirarlo de frente. El calcetín es íntimo y banal. Se convierte en soporte de imágenes cultas y pop en un mismo impulso. La pregunta se instala sin pedir permiso. Cuando el arte se vuelve souvenir qué queda del riesgo. Qué queda del conflicto. Qué queda de la noche.


Esa inquietud se intensifica con los esquís viejos intervenidos con fijaciones doradas. La ironía funciona sin necesidad de subrayados. La aventura y la velocidad aparecen como metáfora de trayectoria artística. El oro se pega encima y actúa como prótesis del éxito. El brillo no embellece. Delata. Señala el mecanismo por el cual la historia del arte y el mercado convierten la pobreza en mito y el sufrimiento en capital simbólico. El objeto se mueve entre lo museable y lo sospechoso. También se mueve entre lo sentimental y lo cínico. Su pregunta es incómoda. ¿¡Cuánto vale la autenticidad cuando el brillo es lo que manda?!


En paralelo los lienzos de animales introducen otra torsión. El lémur mira de frente. El perro asoma entre planos que parecen agua y geometría al mismo tiempo. A primera vista podrían parecer imágenes simpáticas. Sin embargo operan como una trampa. Son retratos de la vigilancia. Nos miran desde una estética que recuerda el low-poly de los videojuegos y también el didactismo de cierta ilustración contemporánea. Son seres convertidos en signo. Son adorables y también funcionales. La fauna se vuelve icono. El icono se vuelve producto. El producto pide circulación.



Luego aparece el cuadro de los nenúfares con libélulas. Es un jardín impecable. Las curvas y los gradientes hipnotizan. Ese verdor perfecto tiene algo de pantalla de descanso. Es la naturaleza que se consume sin mancharse las manos. No huele. No pica. No muerde. Solo brilla. Si el mercado del arte en Madrid es tablero este lienzo se vuelve una casilla donde el gusto se acomoda y se siente seguro. Ponjuán lo sabe. Ofrece belleza y la deja vibrando con una sospecha.


El conjunto se articula mediante sustituciones. La pintura actúa como diseño. El diseño se vende como arte. El arte se disfraza de mercancía cotidiana. La mercancía reingresa en la sala como crítica. La circulación termina siendo el verdadero tema. No es una exposición sobre imágenes. Es una exposición sobre cómo las imágenes se fabrican. También sobre cómo se empaquetan. También sobre cómo se colocan en el mercado como quien coloca una pieza en el tablero.

En el fondo Apertura Ruy López no pregunta si el arte contemporáneo se vendió. Esa discusión ya suena gastada. Pregunta cómo se vende. Pregunta qué pierde en la transacción. Pregunta qué gana el sistema cuando logra que incluso la crítica se vuelva estilo coleccionable. Ponjuán juega con esa ambigüedad como quien sabe que el tablero es real. También como quien sabe que aun así hay que mover. Por eso la exposición deja una sensación física. Uno mira un jardín bonito mientras la tierra tiembla debajo.

Madrid recibe la jugada. La partida apenas empieza.

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