De Allá: Exposición Imagos, Aurora Couret

De Allá: Exposición Imagos

Aurora Couret

13.02.2026

Estudio Bruta (Madrid)

Hay exposiciones que se dejan leer con facilidad, como quien recorre un inventario. Imagos no. La muestra de Aurora Couret en Bruta (Madrid), curada por Eva del Llano, funciona mejor cuando uno entiende que aquí lo importante no es “qué pieza va después de cuál” —o ese recorrido impuesto muchas veces por la curaduría convencional—, sino el clima que se construye. Un clima de interioridad. Un régimen de latencia. Una sensación persistente de que la forma, incluso cuando parece firme, aún no ha terminado de decidirse. Quizá por eso mismo habría sido interesante que las bases de las piezas se dispusieran a distintos niveles, modulando alturas y perspectivas para intensificar la visualidad del conjunto y reforzar, desde el montaje, esa idea de metamorfosis y desplazamiento continuo.

El título es una trampa lúcida. Imago nombra, en biología, la fase adulta del insecto, el estado “final” tras la metamorfosis. Pero la palabra también arrastra otro sentido, más psicológico y más inquietante. Imago es imagen interior, impronta mental, un molde que organiza deseo y memoria. Couret activa esa ambivalencia para desarmar la promesa de estabilidad. Si la imago es la forma adulta, esta exposición se concentra en el costo de llegar a ella. Y si la imago es una imagen interior, entonces lo que vemos no es evidencia, sino algo que exige interpretación. Ese guiño estaba, de hecho, en el plegable de mano, pero no es seguro que muchos espectadores lo asocien automáticamente durante el recorrido; quizá por eso habría ganado fuerza si el espacio incorporara también una señal mínima, un eco del título, que ayudara a activar esa clave en tiempo real y a profundizar la lectura.

En Imagos, Aurora se alinea con varios giros del arte contemporáneo que hoy marcan tendencia sin convertirlos en consigna. El cuerpo deja de operar como identidad o relato y aparece como frontera material, una zona donde piel y cavidad, costra y fluido, adentro y afuera se presionan mutuamente, y la curaduría de Eva del Llano refuerza esa lectura desde la contención al regular un ritmo que privilegia la sensación de interioridad por encima del didactismo y del virtuosismo técnico. En ese marco, la cerámica no funciona como nostalgia del oficio, pese a que el “giro craft” sea ya paisaje de feria y galería en Madrid, sino como política del tiempo y práctica de insistencia donde lo manual no se ofrece como autenticidad, sino como disciplina, repetición y huella. El fuego no purifica, endurece y deja memoria; lo blando no desaparece, queda registrado en superficies óseas y aperturas que no ornamentan, declaran, recordándonos que ningún cuerpo es completamente cerrado y que ningún contenedor es inocente. Por eso la muestra conecta con el giro material desde un lugar más exigente, la materia no “habla”, sino que resiste, registra e insiste como archivo de una violencia mínima y casi inevitable, y la transformación aparece no como metáfora amable, sino como condición que deja restos, fisuras y una memoria que nunca termina de borrarse.

La presencia de imágenes técnicas y referencias a lo prenatal lleva la exposición hacia un tema muy actual. La imagen ya no funciona como prueba definitiva. Muchas veces es borrosa y obliga a interpretar. Aquí esa falta de nitidez no es un problema, es parte de la propuesta. La muestra te pide asumir que mirar no siempre es “entender”, sino tantear. Por eso todo parece estar en proceso. La forma aún no termina de cerrarse. El cuerpo aún está por definirse.

Así, Imagos reúne varias tendencias del arte reciente sin convertirlas en discurso. Está el interés por la materia y por lo artesanal entendido de forma crítica, y ahí el oficio de Aurora pesa de verdad. Se nota una práctica de taller sostenida, una relación con la arcilla que no busca el acabado “bonito” sino la huella del proceso, el control del tiempo, el uso consciente del error y de lo que el fuego deja en la superficie. Esa experiencia material se mezcla con una sensibilidad cercana a lo ecológico y a lo posthumano, donde las fronteras entre lo humano y lo orgánico se vuelven más porosas. Y hay una dimensión física, casi corporal, que se siente antes de explicarse. Pero, sobre todo, queda una impresión clara. Couret trabaja en ese momento previo a la forma definitiva. Como si la “llegada” no fuera el centro, sino el tránsito.

Salgo con una certeza incómoda, que es también una de las más contemporáneas. La forma final existe, sí, pero dura poco. Lo que permanece es el proceso. La latencia. El cuerpo cuando todavía está ocurriendo.

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