Exposición “Donde hay fuego”
Colectiva
26 de junio de 2025
Estudio Pulsión
En un tiempo en que las exposiciones tienden a repetirse como liturgias institucionales y los espacios independientes se refugian en los márgenes, Donde hay fuego irrumpe como una pulsación extraña. No por su estridencia, sino por su respiración propia, por esa forma sutil —y a la vez cargada de tensión— en que convoca, articula y dispone una constelación de obras en el interior de un estudio de artista. Este gesto, aparentemente menor, es en realidad una declaración de principios: situar el arte en el terreno íntimo y precario de la creación, lejos de los rigores de lo institucional, lejos también del confort normativo del cubo blanco impuesto por algunos que no deben ser nombrados y compañía.
Lo primero que se percibe es una atmósfera. La muestra se comporta como un campo de fricción donde las obras no buscan ser ilustración de una tesis ni eslabones de una narración. Lo que emerge es un tejido discontinuo, donde el curador no funge como demiurgo, sino como médium. Un(os) curador(es) que se desmarca del papel autoritario de quien organiza desde el logos y se permite, en cambio, una curaduría porosa, afectiva, casi táctil. Esta estrategia —a ratos poderosa por su libertad, a ratos problemática por su laxitud— activa una tensión entre organicidad y arbitrariedad que define toda la experiencia.


El hecho de situarse en un espacio no oficial no es simplemente una decisión logística: es una postura estética y política. El estudio, como ámbito de producción, se convierte en lugar de circulación y confrontación. Lo doméstico se vuelve escenografía, lo informal se convierte en marco, lo privado en colectivo. En este tránsito, la exposición se resignifica como experimento abierto, no como producto terminado. Aquí, el ruido, la imperfección, la cercanía corporal del espectador, suman capas de sentido a lo exhibido. La obra ya no se contempla desde la distancia, sino que se habita.
En este contexto, el conjunto de artistas reunidos —tanto nombres consolidados como voces emergentes— traza un mapa afectivo y expresivo de notable pluralidad. Hay quienes apuestan por una figuración atormentada y carnal, donde el rostro humano se vuelve máscara de lo reprimido; otros prefieren la elipsis poética, el gesto más insinuado que evidente. La presencia de Antonia Eiriz, casi como un tutelar espectro, introduce una genealogía del desgarramiento que muchos de los participantes prolongan y resignifican. Mientras algunos exploran lo íntimo desde una materialidad rugosa y violenta, otros ensayan un lirismo crepuscular que bordea la melancolía. La memoria, el cuerpo, el duelo, la espera: todos estos vectores se entrecruzan sin cancelarse, en un vaivén donde las obras, más que dialogar, a veces colisionan.


El elenco reunido —Roberto Fabelo, Rafael Zarza, Carlos Quintana, Antonia Eiriz, Niels Reyes, Maikel Sotomayor, Vladimir Sagol, Yudel Francisco Cruz, Yasiel Elizagaray, Adrián Socorro y Javier Barreiro— constituye una selección significativa por su capacidad de articular generaciones, estéticas y posicionamientos distintos. Fabelo, con su ironía matérico-escultórica, contrasta con la gravedad emocional de Socorro; la carga lírica y simbólica de Maikel Sotomayor se enfrenta a la crudeza frontal de los retratos de Elizagaray; la pulsión expresionista de Barreiro convive con el refinamiento fotopictórico de Sagol. Esta variedad, lejos de diluirse, genera una polifonía a veces disonante pero fértil.
Es particularmente notable cómo estas prácticas, desde posiciones distintas, comparten un interés por el cuerpo como campo de inscripción simbólica: ya sea en su deterioro, su sacralización o su desaparición. Los artistas convocados no rehúyen la imagen, pero tampoco la celebran ingenuamente; la tensionan, la rasgan, la problematizan. En conjunto, sus obras dibujan un paisaje humano herido pero persistente, donde lo bello y lo siniestro coexisten. Y en este gesto coral, la exposición propone —sin declararlo— una crítica velada a los relatos complacientes que aún sobreviven en el aparato institucional del arte cubano.



Y, aun así, hay un tono común, un clima. Un espesor anímico que permite que la pintura —omnipresente— se imponga no como moda, sino como médium inevitable. Aunque esa preeminencia pictórica no está exenta de sospecha: ¿es una elección formal consciente o una concesión al apetito del mercado? La pintura, con su materialidad contundente y su facilidad para insertarse en circuitos de consumo, aparece como la gran protagonista, en detrimento de otras prácticas más efímeras o conceptuales. Esta decisión, aunque legítima, revela hasta qué punto incluso los espacios alternativos acaban replegándose sobre fórmulas que aseguran circulación y legitimación.
La exposición, al mantener esta hegemonía pictórica, corre el riesgo de volverse predecible en su dispositivo. Hay momentos en que la imagen —pese a su factura impecable— parece encerrarse en una estética del impacto, buscando conmover sin necesariamente interpelar. Otras veces, ciertas soluciones compositivas se reiteran con escasa variación, lo que genera zonas de fatiga visual. En este sentido, el conjunto hubiese agradecido una mayor variedad de soportes, lenguajes o estrategias formales, capaces de ampliar el campo de resonancia de las obras y ofrecer contrapuntos más disruptivos.




Pero, sin embargo, es innegable que Donde hay fuego activa un espacio que faltaba. Un espacio donde lo informal se profesionaliza sin perder su nervio; donde lo íntimo se vuelve colectivo sin caer en la impostura. No se trata aquí de juzgar a la institución del arte cubano —tan pródiga en burocracias, silencios y exclusiones—, pero sí de señalar cómo este tipo de proyectos, aún con sus ambigüedades, logran abrir fisuras. Fisuras que la institución observa con recelo, que muchas veces obvia, pero que no puede evitar que existan. Y eso ya es bastante.
Otra zona de ambigüedad se produce en la relación entre lo oficial y lo alternativo. Si bien el gesto de instalar la exposición en un estudio sugiere un movimiento de resistencia o autonomía, la presencia de curadores y la profesionalización del montaje tienden a reintroducir lógicas del sistema institucional. Hay una fricción no resuelta entre el deseo de espontaneidad y la necesidad de legitimación. Esa tensión podría haber sido más fértil si se hubiera tematizado explícitamente, si la exposición hubiera problematizado su propia condición de artefacto liminal. El dilema no radica en la profesionalización en sí, sino en la falta de una consciencia crítica sobre los dispositivos que la sostienen.




A pesar de estos puntos ciegos, Donde hay fuego enciende. No por su perfección, sino por su aspereza. Porque se permite el titubeo, la contradicción, el exceso. Porque no teme mostrar las costuras. En un tiempo de neutralidades estéticas y discursos previsibles, esta muestra apuesta por la incertidumbre como forma de conocimiento. El fuego, al fin y al cabo, no ilumina sin destruir. Y quizás de eso se trate: de incendiar la escena con una belleza incómoda, imperfecta, profundamente viva. Una belleza que no pacta con la corrección ni con la estrategia, sino que se deja llevar por la urgencia del impulso y el temblor de la experiencia. Y ahí, justo ahí, es donde se vuelve necesaria.

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