Exposición Astral, Greta Reyna

Exposición Astral
Greta Reyna
22.02.2025
Galería Galiano

En un presente donde la fragilidad parece haber sido relegada a la categoría de error y lo roto apenas alcanza la categoría de residuo, Greta Reyna, sin aspavientos, pero también sin concesiones, levanta en Astral un manifiesto silencioso sobre la persistencia de la materia, la potencia de la memoria y la belleza indómita de lo imperfecto.

Graduada de la Universidad de las Artes (ISA) en 2016, marcada por una genealogía donde la sensibilidad por el espacio y la forma —su abuelo, el arquitecto Fernando López Castañeda, Premio Nacional de Arquitectura— caló hondo en su biografía artística, esta joven artista ha hecho del gesto de reciclar no solo un procedimiento técnico, sino una ética. Desde las primeras pulsaciones de su obra, su interés ha girado en torno a la recuperación de objetos descartados, fragmentos de un mundo que se obstina en sobrevivir a su propio colapso. Lo que otros desdeñan, Greta Reyna lo escucha.

En Astral, la artista no exhibe obras: fabrica atmósferas. La Galería Galiano, transformada en un vórtice de geometrías fluctuantes y tramas orgánicas que colonizan paredes, suelos y mirada, se vuelve un organismo vivo, respirable. Greta, consciente de los debates actuales sobre el espacio inmersivo —y de su riesgo de caer en el espectáculo hueco—, orquesta una intervención donde cada línea, cada color, cada fragmento parecen pulsar al ritmo de una respiración ancestral y no, como sucede demasiado a menudo, al ritmo histérico del mercado del arte.

Sus lienzos, por momentos desbordados de núcleos moleculares, retículas vibrantes y cromatismos exacerbados, sugieren tanto un paisaje celular como una cartografía astral. No es casualidad. Ella busca situarse, sin declararlo, en esa zona fértil donde la iconografía biológica se cruza con los imaginarios cósmicos. Entre lo infinitesimal y lo inconmensurable. Entre el cuerpo y la estrella. En esta tensión entre lo micro y lo macro, entre lo tangible y lo inasible, reside una de las claves más hondas de su propuesta.



El uso desaforado del color no es, en su caso, un ornamento: es una forma de violencia lúcida. En tiempos en los que la estética del «bonito» se ha adueñado de la producción artística contemporánea, Greta Reyna apuesta por el vértigo, por el exceso, por la saturación como umbral hacia otra percepción. Cada cuadro parece vibrar como un ser autónomo, consciente de su fragilidad y de su esplendor al borde del colapso.

Pero donde Astral revela su gesto más político es en la inclusión de su escultura-tótem de cristal roto. Frente a la vitalidad exuberante de las pinturas, el cubo translúcido, poblado de fragmentos de vasos, frascos y memorias domésticas, actúa como una súbita herida en la retina. Aquí el objeto ya no es bello por su forma ni por su función, sino por su historia, por su testimonio de haber sobrevivido a la fractura. Greta Reyna no esteticiza la ruina: la dignifica. Se alinea, de manera silenciosa pero contundente, con esa tradición crítica que va de Joseph Beuys a Doris Salcedo, donde el material da cuenta, no de la invención, sino de la herida.

Leyendo otros textos sobre la obra de esta artista y sus recientes exposiciones y eventos, todos coinciden en apuntar, con razón, que en la obra de Greta, la biografía íntima y la memoria familiar actúan como hilos invisibles que urden el entramado de sentidos. Desde las experiencias compartidas junto a su hermana Gabriela Reyna en proyectos como Évame, hasta sus exploraciones en solitario, Greta ha sabido traducir la precariedad personal y colectiva en una estética del cuidado, de la observación paciente, de la recomposición amorosa de lo fragmentario.


Lejos de las fórmulas cómodas que hoy dominan buena parte del circuito contemporáneo, Greta Reyna rehúsa entregar una imagen empaquetada, lista para el consumo rápido. En Astral, cada pieza exige una negociación: la mirada debe desacelerarse, aprender a caminar en medio de la saturación sin perderse, a encontrar en los destellos cromáticos, en las fisuras del vidrio, en las vibraciones del espacio, algo más que espectáculo: una experiencia de la fragilidad, un reencuentro con el temblor originario de estar vivos.

Si la contemporaneidad artística parece atrapada en la disyuntiva entre el simulacro y el gesto vacío, aquí se responde desde otro lugar: desde la persistencia humilde y radical de lo residual. Astral es, en este sentido, no solo una exposición: es una declaración de principios. Un recordatorio de que todavía —aunque duela, aunque cueste— es posible hacer del arte un territorio de resistencia, de sentido y de redención.

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