Exposición Re-acciones
David Beltrán
13.02.2025
Galería Artis 718
David Beltrán propone en Re-acciones una pintura que no se agota en el plano bidimensional, sino que se extiende hacia el espacio, hacia el tiempo y hacia la luz. Su planteamiento es frontalmente antagónico a la idea de la pintura como superficie clausurada en sí misma. Aquí, la imagen emerge como un campo en permanente mutación, donde el pigmento no se somete a la voluntad de la forma sino que oscila entre la organicidad de lo espontáneo y la precisión de una mirada que disecciona capas, procesos y estructuras.

Los soportes utilizados no son meros vehículos de representación, sino agentes activos en la construcción del significado. Este artista trabaja con materiales que desafían la rigidez de la pintura tradicional: superficies translúcidas que capturan la luz, estratificaciones cromáticas que evocan procesos geológicos y composiciones pictóricas que parecen operar en el umbral entre la estabilidad y el colapso. No es casualidad que muchas de sus piezas remitan a la estratigrafía, a la idea de que una imagen es siempre el resultado de un conjunto de huellas superpuestas en el tiempo. Pero esta referencia científica no se traduce en un ejercicio mecánico de reproducción. Más bien, David se apropia de la lógica estratigráfica para hacer de la pintura un territorio de excavación, donde cada capa es una instancia de sentido que se tensiona con las demás.

El artista parece situarse en una encrucijada metodológica: entre la mirada analítica que desmonta la pintura hasta sus niveles más microscópicos y el impulso gestual que la arrastra hacia su disolución en lo indeterminado. De ahí que en sus obras convivan zonas de control absoluto con áreas donde el color fluye sin obedecer a una estructura rígida. Algunas piezas se resuelven en formatos modulares, que remiten a archivos científicos o a registros sedimentológicos, mientras que otras apuestan por la vibración de la mancha, por el derrame del pigmento como acto de liberación.

La serie Geometría oculta de los pensamientos refuerza esta tensión entre el rigor analítico y la intuición matérica. Obras como Isla I (2023), un video monocanal en blanco y negro con sonido de Alexis de la O, introducen una dimensión temporal en la muestra, permitiendo que la imagen se expanda más allá de su propia fisicidad. A ello se suman piezas como Humildad, Aislamiento, Libertad (2024), donde la impresión digital sobre vinilo montado en metacrilato juega con la idea de la opacidad y la transparencia, de la huella y la disolución.

Por su parte, la serie Arqueología del color establece un diálogo con la historia de la pintura desde una aproximación casi forense. Aquí, toma como punto de partida estudios basados en fotografías estratigráficas de obras de Goya, Vermeer, Greco, Velázquez, Murillo y Picasso, pero en lugar de limitarse a un ejercicio de reconstrucción técnica, los reinterpreta desde una perspectiva materialista. Sus pinturas al óleo sobre tela, sus estudios en lápiz-acuarela y sus dibujos sobre cartulina no buscan imitar la apariencia de los maestros antiguos, sino desmontar los procesos que las hicieron posibles. Así, la pintura deja de ser una imagen para convertirse en un fenómeno físico, en una serie de capas superpuestas cuya lógica responde tanto a la historia del arte como a la naturaleza misma de los materiales utilizados.

El espacio expositivo de Artis 718 refuerza esta dialéctica. Los paneles translúcidos colocados en la entrada funcionan como filtros visuales que modifican la percepción del entorno, generando una experiencia que no es fija, sino que varía según la posición del espectador. Este recurso no es menor: obliga a considerar la pintura en términos espaciales y no solo en su dimensión bidimensional. La luz, en este contexto, no es un elemento neutro; es un agente que interviene activamente en la construcción de la imagen. Las piezas en acrílico teñido funcionan casi como membranas líquidas, como organismos que absorben y refractan la luminosidad, provocando una oscilación continua entre presencia y disolución.

En este juego de interacciones, el color adquiere un protagonismo inusual. En algunas obras, la paleta remite a formaciones geológicas, con estratos terrosos y azules profundos que parecen evocar la historia latente de los materiales. En otras, el color se emancipa de cualquier referente y se convierte en pura vibración, en una pulsión que afecta directamente la sensibilidad del espectador. Hay una voluntad de explorar el color más allá de su función representativa, como si Beltrán quisiera devolverle su carácter primigenio, su intensidad previa a la codificación cultural.

Sin embargo, lo más interesante de Re-acciones no es solo su exploración material, sino la forma en que cuestiona los límites mismos de la pintura. En un momento donde gran parte del arte contemporáneo ha desplazado su interés hacia lo conceptual, David Beltrán reivindica la pertinencia de la pintura como un campo de resistencia, como un espacio donde todavía es posible interrogar la imagen desde su fisicidad. Su trabajo no se inscribe en una lógica nostálgica ni en una defensa dogmática del medio pictórico. Al contrario, su pintura es consciente de sus propias limitaciones, de su carácter contingente, de su incapacidad para ofrecer verdades definitivas.




Si algo define a esta exposición es su capacidad para desestabilizar certezas. Cada pieza funciona como un fragmento de un sistema mayor, como una porción de un todo que nunca se revela por completo. No hay jerarquías fijas, no hay un recorrido único: el espectador se encuentra ante un campo de relaciones abiertas, donde la pintura se comporta más como un fenómeno que como un objeto cerrado. Re-acciones no es, en última instancia, una serie de obras dispuestas en un espacio; es una experiencia que pone en crisis la manera en que miramos, en que interpretamos, en que creemos comprender lo visible.

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