¡Son grabadores santiagueros!¡No os asombréis de nada!

Por : MSc. Lázaro Gerardo Valdivia Herrero

Historiador y crítico de arte, docente, investigador y curador de exposiciones de artes visuales.   Email: draxos1987@gmail.com

He tomado prestado uno de los versos del bardo matancero Manuel Navarro Luna (1894-1966), dedicados a la legendaria urbe suroriental cubana, para condensar el regocijo que me ha provocado el reciente estreno en los espacios de exhibición del Taller Experimental de Gráfica de La Habana, de dos exposiciones de grabadores artistas procedentes de Santiago de Cuba, urbe que ostenta desde el siglo XIX una sólida tradición en el generoso arte de la producción de imágenes impresas. «Estampida» (muestra personal del artista Miguel Ángel Lobaina Borges) y «La expresión de lo inusual» (exposición colectiva de varios creadores del Taller Cultural «Luis Díaz Oduardo»), quedaron inauguradas el pasado 21 de septiembre en el emblemático espacio de experimentación fundado hace más de seis décadas (julio de 1962) en el Callejón del Chorro, La Habana Vieja, a pocos metros de la Plaza de la Catedral.

Hablar de la presencia del grabado en la plástica cubana implica, haciendo honores a la justicia y verdad históricas, reconocer el legado de aquellos precursores (la mayoría foráneos) a quienes el dominio de los procedimientos más antiguos de estampado (xilografía, calcografía, litografía, etc.), les valió para representar planimétricamente determinadas escenas o motivos asociados a su realidad inmediata, ya sea con una finalidad comunicativa, política, comercial, religiosa o estética.

Si existe una manifestación capaz de atravesar longitudinalmente la historia visual de Cuba desde la centuria decimonónica hasta la actualidad, esa es la gráfica. Quizás, la temprana introducción de la litografía en nuestro país en 1822, antes que en el resto de las naciones de la región con cierta notoriedad en la producción plástica (Colombia y Venezuela en 1823, México en 1826 y Argentina en 1828) [1], contribuyó a redimensionar la percepción colectiva de la imagen grabada, haciéndola más «familiar» o accesible en comparación con las restantes técnicas. La peculiar antinomia entre sustancias hidrófilas e hidrofóbicas sobre los bloques pétreos se convirtió en el recurso expresivo predilecto de los impresores criollos a lo largo de las restantes décadas, debido a su capacidad de testimoniar «(…) una realidad hasta entonces casi intocada por la información visual impresa (…)» y posibilitar«una percepción del entorno más dinámica y sentida, al valorar y hacer suya la cualidad visual del claroscuro tanto en su aspecto expresivo como espacial» [2].

El discernimiento de esos preclaros fundadores recogió sus frutos una vez instaurada la República, etapa donde la litografía continuó gozando de una indiscutida preeminencia dentro del mundo gráfico. La creación de la Escuela de Artes Plásticas de Oriente (1935)[1] con sede en Santiago de Cuba, así como el surgimiento del Grupo «Galería», fundado en 1953 por Antonio Ferrer Cabello (1913-2006), permitió avizorar un futuro prometedor para las artes gráficas en la provincia. De la primera saldrían graduados muchos de los grabadores que enaltecieron la profesión que nos ocupa, mientras que «Galería» esbozó entre sus principales objetivos la promoción de los nuevos códigos estéticos del arte moderno a través de las obras de sus miembros, además de fomentar las relaciones culturales con la Asociación de Grabadores de Cuba (con sede en La Habana) creada en 1949 por Carmelo González (1920-1990)[2].

Durante la década de 1960 descuellan algunos artistas sobre los cuales descansó la tarea de impulsar el grabado cubano de manera paralela al proceso político y social que se respiraba en todo el país, periodo de germinación a las puertas del boom creativo que se alcanzaría en las décadas del 70′ y el 80′. Antonio Eligio (Tonel), al referirse a un momento puntual del prolífico decenio de los 60′, afirmaría en un texto de su autoría escrito en 1988:

«Unos veinte años atrás el grabado cubano contaba ya, o contaría muy pronto, con algunos de sus ejemplos más notables después de 1959: los impresos de Antonia Eiriz, Sosabravo, Umberto Peña, Posada, Frémez, Zarza y otros, como es costumbre decir, marcaron momentos esenciales en la gráfica nacional entre finales de la década del sesenta e inicios de la siguiente (…)» [3].

Desde el punto de vista institucional, la primera década tras el triunfo revolucionario fue benévola en cuanto a la creación de espacios oficiales que acogieron a muchos de los creadores nombrados por Tonel. Lo más notable fue la creación en julio de 1962 del Taller Experimental de Gráfica de la Plaza de la Catedral, sitio estrechamente ligado a nombres como el de Orlando Suárez, José Venturelli y Amable Mouriño, entre otros. Las finalidades de esta entidad serían la de comercializar las obras de los grabadores y potenciar la artisticidad como elemento característico. Paulatinamente se irían incorporando al taller otros artistas que habían madurado al calor de la renovación cultural de los 60′, tal es el caso de José Contino, quien además fue por más de diez años el Jefe Técnico del local.

La Asociación de Grabadores de Cuba (AGC), por su parte, se dio a la tarea de divulgar nacional e internacionalmente todo lo que acontecía en nuestras fronteras en relación al grabado. Sus miembros participaron en donaciones de obras a escuelas, hospitales y bibliotecas, competían en los Salones Nacionales de Artes Plásticas, favorecían el desarrollo de la gráfica de corte político y editaron catálogos alegóricos a fechas y hechos significativos de la historia patria. Muy a pesar de la rica historia con que contaba la AGC y su identificación plena con el proceso revolucionario, la organización se vio obligada diluirse en 1968, debido principalmente al surgimiento de una sección de grabado dentro de la UNEAC, así como a la inauguración del Taller Experimental de la Gráfica de la Plaza de la Catedral en 1962, por lo que la mayoría de sus integrantes pasaron a formar parte de estas dos últimas [4].

Lo antes descrito resulta clave para entender cómo y por qué una figura como Miguel Ángel Lobaina Borges[3], artífice de una de las exposiciones aquí reseñadas, decide matricular en la Academia de Artes Plásticas de Santiago de Cuba en el curso regular diurno 1967-1968, incorporándose en 1969 al grupo de estudiantes que optaron por la especialidad de Pintura, la cual decide cambiar por la de Escultura, Cerámica y Dibujo, graduándose en 1972. Haber recibido lecciones en su primer año de parte de dos destacados maestros de la gráfica nacional como José Julián Aguilera Vicente (encargado de la cátedra de Dibujo) y Raúl Marcelino Alfaro Torres (responsable de impartir la asignatura de Color), también fue determinante en el acercamiento que el entonces estudiante tuvo hacia esta manifestación.

Un segundo elemento a considerar en cuanto a las influencias recibidas por Lobaina dentro del ámbito de la gráfica, lo constituye el surgimiento, a inicios de los 70′, del Taller Experimental de Litografía de la Academia de Artes Plásticas «José Joaquín Tejada», de Santiago de Cuba, idea materializada por Oscar Carballo, Isidro López Botalín, Raúl Alfaro Torres, entre otros. El local devino espacio de aprendizaje de las distintas variantes del grabado y propició la superación de una nueva hornada de grabadores que aspiraban a contar con sus propios lenguajes las realidades de una sociedad en franca transformación. Esta sería la antesala de la creación, en 1978, de la especialidad de Grabado como parte del plan de carreras en los predios del citado centro docente.

Durante los tres primeros años posteriores a su egreso de la academia santiaguera, Lobaina Borges colabora con algunos proyectos vinculados al perfil elegido por él para finalizar sus estudios. Destaca, en tal sentido, su incorporación al colectivo de escultores que apoyó a René Valdés Cedeño (1916-1976) en la ejecución del Conjunto Monumental del parque «Abel Santamaría», ubicado en áreas aledañas al antiguo Hospital Civil de Santiago de Cuba.

Sin embargo, sería 1975 el año en el que este artista asumió el grabado de manera definitiva y constante. Desde la fecha hasta la actualidad ha inaugurado 23 exposiciones personales e intervenido en numerosas muestras colectivas y eventos de artes visuales, alternando, a mediados de los años 80′, su actividad plástica con los estudios de Licenciatura en Historia del Arte en la entonces Facultad de Artes y Letras de la Universidad de Oriente. De dicha carrera se graduó en 1989.

La obra gráfica de Lobaina ha experimentado una lógica evolución técnica y conceptual desde entonces, proceso dialéctico inherente a la propia naturaleza vivencial del artista. Si bien en una primera etapa (1975-1983) se inclina por los procedimientos tradicionales como la litografía, xilografía, linografía y técnicas calcográficas, gradualmente iría acercándose a una técnica de la cual ha llegado a ser uno de nuestros más acertados exponentes dentro y fuera de las fronteras cubanas[4]. Los principales temas trabajados en esta primera etapa serán la idiosincrasia del campesinado, la belleza del cuerpo humano vista por el tamiz de las relaciones personales y el tema histórico, muy relacionado con las tradiciones de lucha del pueblo cubano.

A partir de 1984 el artista asume nuevos retos creativos y ofrece una visión más intimista en cuanto a los conceptos manejados en sus obras. Una serie («Los Sueños») capta rápidamente la atención del gremio y la crítica, posicionándolo como una de las figuras sobresalientes de la gráfica local y nacional. Tras la positiva recepción de dicha serie (que erróneamente se ha interpretado como una espontánea representación de componentes oníricos)[5], Miguel Ángel Lobaina Borges se enfrentaría a un verdadero ciclo de crecimiento intelectual, poniendo a prueba su capacidad innovadora para sortear las carestías suscitadas a raíz del llamado «Periodo Especial». Fiel ejemplo de lo anterior resulta la serie nombrada «Los reyes no caen del cielo», conjunto de viñetas que fueron mostradas al público en la Galería del Taller Gráfico de Holguín, en el marco de las actividades de la Fiesta de la Cultura Iberoamericana de 1994.

En 1997 vio la luz otra serie paradigmática («Paraíso de Reyes»), en la cual se insertan cuatro de las obras elegidas por la curadora de «Estampida», la Dra. Diana María Cruz Hernández, para ser exhibidas en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana. Con «Paraíso de Reyes» el creador acude a la gama negro-gris-blanco para revelar nuevas imágenes de los seres fabulosos que ya constituyen en este momento una especie de alter ego en su obra. El rojo y azul son utilizados exclusivamente para enfatizar áreas y elementos de interés para el autor, también resaltados por incidencias luminosas sobre todo en los rostros de los protagonistas. Acerca de la impronta de esta serie, una de las dos últimas trabajadas por Lobaina, la especialista Diana Cruz Hernández nos deja saber en las palabras al catálogo:

«Su serie «Paraíso de Reyes« fue la oportunidad de consolidar y aplicar lo aprendido durante su proceso investigativo. Se reafirma como un artista figurativo –ahora con visos neoexpresionistas- cuyas obras son trabajadas con virtuosismo y rigor. Se trata de composiciones complejas en las que cada detalle es elaborado con cuidado para lograr una riqueza textural derivada de la propia naturaleza de la técnica colográfica que le sirve como soporte y luego combinarla con otros procedimientos de impresión» [5].

El resto de las obras que conforman la muestra «Estampida» (9 piezas) pertenecen a la serie «Retablo de inútiles», iniciada en 2007 y presentada anteriormente en el Memorial «José Martí» como parte de la exposición «Retablo», inaugurada con motivo del 8vo Encuentro Nacional de Grabado, acontecido en 2013. La organización de la referida muestra fue un compromiso asumido luego de habérsele adjudicado a Lobaina Borges del premio especial «José Contino» por la obra de toda la vida de un artista gráfico, galardón conferido por parte del Estudio «Kcho» y Talleres de Grabado de Cuba durante la celebración del 7mo Encuentro Nacional de Grabado, magno evento desarrollado en 2007 en la capital cubana.

El público que habitualmente asiste a las exposiciones sobre gráfica promovidas en el circuito expositivo habanero, podrá apreciar en «Estampida» no solo una representación de ambas series, sino también el sello de distinción de un artista –un grabador- que ha apostado por la permanencia y la creación desde su segunda patria chica (Santiago de Cuba), sin que ello implique un enclaustramiento o distanciamiento para con los restantes núcleos del arte gráfico diseminados en la geografía cubana. Tras participar en casi todas las ediciones de los Encuentros Nacionales de Grabado (excepto en la celebrada en 1993) y con el peso sobre sus hombros de una herencia (la de sus maestros) compartida con colegas de generación y discípulos agradecidos, Lobaina Borges sigue desafiando al tiempo en busca de la estampa perfecta, esa metáfora debatida entre lo real y maravilloso que aspira, sin muchas pretensiones, a alcanzar la utilidad de la virtud.

Acerca de «La expresión de lo inusual», segunda de las muestras de grabado llegadas a la capital desde Santiago de Cuba, llama la atención la heterogeneidad de las propuestas seleccionadas, tanto en lo técnico como en el plano conceptual. Un total de diez artistas ofrecen una mirada muy particular sobre lo que ha significado su incursión por los derroteros de la gráfica, teniendo al Taller Cultural «Luis Díaz Oduardo» como bastión creativo. Eduardo Roca Salazar (Choco), Premio Nacional de Artes Plásticas (2017), Miguel Ángel Lobaina Borges, Jorge Juan Knight Vera, Carlos René Aguilera Tamayo, Israel Tamayo Zamora, Ricardo Silveira, Vivian Lozano Caballero, Julio César Carmenate Laugart, Denian Cepero Batista y Joaquín Bolívar Thomas, han puesto sus manos y talento en función de aquellas inquietudes, pasiones, sospechas, obsesiones y ensueños que configuran una suerte de esfera armilar o mapamundi de la condición humana, llevada a la escala de «lo cubano».

La cartografía de esas experiencias individuales permite valorar la justa trascendencia de un espacio de confraternidad y enriquecimiento espiritual como lo es el Taller Cultural «Luis Díaz Oduardo»[6], situado en el reparto santiaguero de Vista Alegre. Allí radicaba la dirección del Sectorial de Educación Ciencia y Cultura de la antigua provincia de Oriente, al frente del cual se encontraba la figura de Quintín Pino Machado, quien se convirtió en el principal promotor del nuevo proyecto surgido oficialmente en 1976. A propósito del grabado, el Taller Cultural reunió en su momento fundacional a artistas como José Julián Aguilera Vicente, Isidro López Botalín, Oscar Carballo, Eduardo Roca Salazar (Choco), Carlos Uribazo, Raúl Alfaro Torres y Miguel Ángel Lobaina Borges, a quienes se sumaría en los años siguientes una joven generación de grabadores.

«La expresión de lo inusual» también da cuenta del vigor y dominio técnico que ostenta, en pleno siglo XXI, la escuela santiaguera de grabado. Las obras, recreadas en dimensiones de pequeño y mediano formato, constatan precisamente ese interés por abarcar la casi totalidad de procedimientos gráficos presentes en la historia de la manifestación. Litografía, xilografía, serigrafía, colografía, impresión combinada, relieve, etc., se entrelazan armónicamente provocando un juego de contrastes y gradaciones que exigen del espectador la perspicacia necesaria para poder advertirlas.

Un último detalle a reseñar, y no por ello menos importante, resulta la participación especial en la apertura de ambas exposiciones, de Lesbia Vent Dumois, Premio Nacional de Artes Plásticas en 2019, quien tuvo a su cargo la lectura de las palabras inaugurales. La fecunda trayectoria que exhibe esta destacadísima artista cubana, y su particular vínculo con el grabado y el Taller Cultural «Luis Díaz Oduardo», le confieren los méritos suficientes para introducir las muestras que actualmente pueden ser apreciadas en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana.

Queda, pues, hecha la invitación para que todo aquel motivado por el alucinante mundo de las tintas, la adherencia, los soportes matéricos, las prensas y las reproducciones, acuda solícito ante la presencia de un grupo de artistas y algunas de sus obras más contemporáneas. Si el encuentro satisface sus expectativas y busca con premura dar respuesta a la interrogante que cuestiona por la procedencia de estos grabadores, lo más probable es que alguna voz cercana le responda de forma rauda: ¡Son grabadores santiagueros! ¡No os asombréis de nada!

Referencias.

1)-Bermúdez, Jorge R. (2017). Identidad gráfica de Latinoamérica (1492-1916). La Habana: Editorial Arte y Literatura, pp. 157-158.

2)- Bermúdez, Jorge R. (2017). Op cit., p. 163.

3)-Eligio, Antonio (Tonel) (1988). “El Grabado ¿sí o sí?”, en Revolución y Cultura, No. 2, febrero de 1988.

4)-Mateo, David (2001). Incursión en el Grabado cubano (1949-1997). La Habana: Arte Cubano Ediciones, p. 32.

5)-Cruz Hernández, Diana María (2023). Palabras al catálogo de la exposición «Estampida», del artista Miguel Ángel Lobaina Borges, inaugurada el 21 de septiembre de 2023 en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana.


[1] La Escuela de Artes Plásticas de Oriente se instituyó el 13 de septiembre de 1935 e inicialmente radicó en el No. 6 (altos) de la Calle Heredia. Su primer director fue Antonio Fernández Millán y el claustro docente fundador estuvo conformado entre otros, por Mario Sauri García y Gerardo González Ramírez. En 1954 la locación se traslada al antiguo Caserón del Intendente, ubicado en la loma de igual denominación, hasta que, después de 1959, se reabre el centro en una nueva sede (sitio que ocupa actualmente la Secundaria Básica Espino Fernández). La segunda Academia de Artes Plásticas se instaló en 1962 en el área que ocupa hoy día en la elevación acreditada popularmente como la «Loma del Queque», contribuyendo a la formación de varias generaciones de artistas.

[2] Para mayor información acerca del Grupo «Galería» Vid. Luisa María Ramírez y Rossana Licea: “Galería: aportes al panorama cultural santiaguero”. Trabajo de Diploma de Historia del Arte, Facultad de Artes y Letras, Universidad de Oriente (1988).

[3] Miguel Ángel Lobaina Borges nació en la ciudad de Guantánamo el 17 de agosto de 1953 y se trasladó desde muy joven a Santiago de Cuba, donde inició sus estudios académicos vinculados al arte.

[4] Nos referimos a la colografía, procedimiento experimental del grabado que consiste en elaborar una matriz pegando sobre un soporte determinados elementos que puedan ser entintados y estampados, por lo que se afirma que es fundamentalmente una técnica aditiva. Su principal aportación al mundo de la gráfica estriba en la sustitución de las matrices tradicionales por otras radicalmente distintas, lo que supuso un replanteamiento en cuanto a la concepción técnica y estética de las piezas. Se han usado otros términos para definirla: Collage intaglio, Collage impreso y Colagrafía o Collagraph, éste último acuñado por el grabador inglés Glen Alps (1914-1996).

[5] En entrevista concedida al autor en abril de 2010, Miguel Ángel Lobaina Borges declaró que la serie Los Sueños no fue más que la representación de «los anhelos y las metas que un individuo se ha trazado».

[6] Inicialmente este taller fue concebido como un espacio de desarrollo e investigación de las artes, donde confluyeron escritores, músicos, actores y artistas plásticos (cerámica, grabado, pintura y escultura). Posteriormente, queda proyectado únicamente como un centro de creación y promoción de la plástica. La mayoría de los artistas allí reunidos formaba parte de la UNEAC, las brigadas «Hermanos Saiz» y «Raúl Gómez García», además de profesores del claustro de la Academia de Artes Plásticas.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑